El fútbol de hoy, dánosle mañana...

El Mundial de Sudáfrica ha supuesto la consolidación de la hegemonía  internacional del fútbol español tras su triunfo en la Eurocopa de 2008. Ese fútbol que, como la vida misma, no siempre es justo, porque no siempre triunfan los méritos y el esfuerzo, al entrar en liza muy diversos aspectos y circunstancias, tales como la suerte, los arbitrajes, etc., en este Mundial de Sudáfrica, al igual que ocurrió en la pasada Eurocopa de Austria y Suiza, ha hecho posible que triunfe el fútbol mismo, ese juego sublime que consiste en acariciar una pelota, a ser posible sin que el rival se entere, antes de introducirla en una portería que delimitan tres palos. 

El equipo español ha revalidado el sentido colectivo del futbol, demostrando que a un grupo de grandes jugadores perfectamente “ensamblados” es difícil derrotarle y que si además, como en el caso de nuestro país, se trata de 11 fenómenos de la pelota, la tarea es imposible.

El de España venía demostrando en los últimos tres años que era el equipo que practicaba la versión más bella y limpia de este juego. Sus partidos se contaban por victorias pero, sobre todo, sus partidos servían para que la gente se reconciliara con un deporte maltratado por la especulación, que lo había atenazado en las últimas décadas, y que resumía este juego en la consecución de un gol para, inmediatamente después, colocar el “autobús” delante de su propia portería y esperar que la pelota no colara por ahí.

Con Holanda, en cambio, ha salido derrotado de Sudáfrica el anti-fútbol y, seguramente, la versión más grosera y en algunos momentos más violenta de este deporte. Pero este Mundial ha evidenciado también esas chapuzas que parecen ser el sello distintivo de la FIFA –el organismo que regula el fútbol internacional-.

Así, se ha utilizado una pelota cuyo diseño y fabricación se había encomendado –nuevamente- a la multinacional Adidas, que modifica su trayectoria de manera inesperada obligando a los porteros a convertirse en poco menos que adivinos, todo ello mientras se mantiene el absurdo rechazo al uso de las nuevas tecnologías en aquellos sucesos clave del juego que podrían dilucidarse con absoluto rigor, descargando así de discrecionalidad y responsabilidad en el resultado final del partido a la figura del árbitro.

Este Mundial de Sudáfrica lo ha ganado para España La Masía, lo ha hecho posible Íker Casillas y lo han rematado un chaval asturiano que salió de Mareo y otro castellano-manchego que, con sólo doce años, dejó su pueblo natal para graduarse precisamente en esa Universidad del fútbol que es la Masía.

Sudáfrica ha revalidado la apuesta por la cantera frente a la billetera, y ha vuelto a dejar en evidencia a quienes confunden el deporte del fútbol con el juego de la bolsa.

Más allá aún de eso, la selección de Del Bosque es la plasmación de esa España diversa que los nacionalismos rancios, de uno y otro signo, intentan torpedear. 

En este Mundial de Sudáfrica ha ganado España pero, en realidad, ha ganado el fútbol como expresión de superación colectiva de los fantasmas de nuestra historia –la futbolística y la otra-.

El fútbol, que es esa coctelera sagrada en la que se entremezclan las esperanzas y las desilusiones de los pueblos en dosis impredecibles, ha permitido que un pueblo cercado por la crisis económica comparta un triunfo con el que engañar su hambre de presente y de futuro.

Ahora toca prolongar lo que se pueda el sabor de la victoria, en un país de cuya historia forman parte consustancial la derrota y los complejos.

Pero, pasados unos días se habrá acabado la fiesta, se habrá esfumado el esplendor balsámico del fútbol y volverá el paro, el pago imposible de la hipoteca y las mil y una formas de llegar a fin de mes.

Ese es otro partido, no menos duro y marrullero que el que tuvo que encarar la selección española contra Holanda, pero la forma de afrontarlo debería ser la misma: el espíritu colectivo, la unidad y el no dar un derecho por perdido de quienes comparten la misma camiseta roja de la precariedad, el desempleo o la exclusión social.

Torredelcampo, 13 de julio de 2010.

Fdo.: Manuel Pegalajar Puerta.