Marcelino Camacho

Dicen los apóstoles del postmodernismo que ya se acabaron la historia y la memoria, los proyectos colectivos y la utopía, la militancia y el compromiso. Piensan que, en esta segunda revolución del individualismo, es más importante el pensamiento débil y los avances de la tecnología que la razón en la que buscar respuestas; que no hay valores absolutos sino consensos blandos; que hay que resaltar la diferencia y vivir el momento, sin ídolos ni tabúes, disfrutando, mientras podamos, de la vida a la carta que nos permiten las nuevas tecnologías. Si hay algún dios, que sea Dionisios; si hay algún mito, que sea Narciso; olvidemos a Prometeo y a Sísifo, pues no necesitamos a ningún héroe benefactor de la humanidad ni a ningún rebelde, dueño de su destino, que recuerde a los dioses que vencer es seguir luchando... Este individualismo cuyo lema parece ser el mínimo de compromiso y el máximo de elecciones privadas posibles, se ha instalado en nuestra vida como parte del pensamiento único, tan poderoso; y sentimos a veces el vértigo de estar en un túnel sin fin con la ayuda apenas de un fósforo, o el esfuerzo de subir una y otra vez la roca hasta la cima para empezar de nuevo.

Sin embargo, hace apenas dos días, ha muerto Marcelino Camacho y yo sé que millones de personas en este país somos conscientes de que lo que él ha representado, a lo largo de su vida, y el legado que deja a los que compartimos sus ideas, no tiene nada que ver con la ideología de los voceros del fin de las ideologías.

Marcelino Camacho se incorporó siendo un adolescente a la organización del Partido Comunista; sufrió la guerra, el exilio, la cárcel, y creyó siempre en la utopía que para él era luchar con los pies en la tierra y la mirada en el horizonte; cultivó la memoria y tomó el testigo de quienes antes que él lucharon por los mismos ideales, porque sabía que formaba parte de la noble historia del movimiento obrero y quería aportar lo mejor de sí mismo: su entrega, su capacidad intelectual, su carisma.

Tenía una especial sensibilidad para llegar a la gente e inspiraba una gran confianza con su sonrisa franca y su jersey de cuello alto: era un obrero que compartía con sus compañeros de trabajo los problemas de la fábrica y con sus camaradas del Partido, el quehacer político, cuando se arriesgaba la libertad e incluso la vida por defender unas condiciones de trabajo dignas y luchar por la democracia...

Así nacieron aquellas primeras Comisiones Obreras, que fueron el germen de un sindicato de clase y sociopolítico, tan importante en la lucha contra la dictadura como necesario en la organización de la clase trabajadora. Después, la democracia, su actividad parlamentaria en el Grupo Comunista del Congreso de Diputados, el testimonio de sus memorias “Confieso que he luchado”… y, siempre, el Sindicato, un sindicato que él defendía independiente, que no apolítico: la movilización

y la negociación para mejorar las condiciones de trabajo; y, siempre, el Partido, la lealtad a unas ideas que no viven sin organización; y, siempre, Josefina, su mujer, su compañera en el amor y en la lucha, la tejedora de jerséis y de esperanza cuando iba a visitarlo a la cárcel, la compañera en tantos caminos…

Todo esto lo pensamos muchas personas que reconocemos en Marcelino Camacho a un gran hombre y a un gran dirigente, sabio, sencillo y cercano, que supo endurecerse en la lucha sin perder la ternura, como recomendaba el Che Guevara. Como los buenos amigos en las buenas causas, siempre estaba preparado para acudir a donde hiciera falta: en Linares estuvo en el año noventa y cuatro, mostrando su solidaridad a los trabajadores de Santana y, después, para recibir el merecido homenaje del Partido y del Sindicato cuando dejó la Secretaría General de Comisiones Obreras. 

Entre muchos recuerdos que tengo de él, me quedo con su saludo cada vez que intervenía en el Comité Federal del PCE: “Queridos camaradas, queridas camaradas…”. No había nada de retórica ni de afectación en sus palabras, y yo me sentía afortunada por compartir un espacio de lucha y de debate con un hombre de su talla que derrochaba entusiasmo, coherencia y entrega.

Como los grandes héroes de la Historia. 

Linares, 31 de octubre de 2010.

Fdo.: Ana Moreno Soriano.