La enfermedad de los pobres

La Organización Mundial de la Salud dice que la enfermedad que más víctimas se cobra es la pobreza: en los países empobrecidos, mueren diariamente muchas personas por falta de alimentos y de cuidados, por beber aguas contaminadas…; no saben lo que significa que más vale prevenir que curar y sufren enfermedades que, con los medios científicos que existen, deberían estar completamente erradicadas. En España, en los años cuarenta y cincuenta, la gente moría de hambre o de dolencias y males que no podían curar porque no tenían recursos; para tratar una tisis se necesitaban medicamentos y una casa bien ventilada, pero también una buena loncha de jamón y el jamón no estaba al alcance de los pobres, como denunciaba aquel personaje de La Colmena de Camilo José Cela… Quizás se acuñó entonces el dicho de que cuando el pobre come jamón, o está malo el pobre o está malo el jamón porque había, efectivamente, alimentos prohibitivos para una gran mayoría; la falta de calcio, de proteínas y de vitaminas tenía consecuencias gravísimas en el desarrollo de la infancia y la adolescencia y en una población adulta que, como nuestros abuelos, eran viejos con cincuenta años. A la alimentación deficiente se sumaba la falta de atención médica, las viviendas insalubres o la ausencia de vacunas… cuanto más pobres, más papeletas acumulaban para ser más vulnerables y, en consecuencia, menos sanos

Cuando, muchos años después, leíamos en la Constitución Española que España es un Estado Social y Democrático de Derecho, pensamos que no volveríamos a situaciones que nos recuerdan demasiado otros tiempos pero, a medida que se desmantela el insuficiente Estado del Bienestar que con tanta lucha construimos, somos conscientes de cómo la pobreza vuelve a acosar a los de abajo, a los que apenas se habían sacudido la miseria de siglos porque tenían derecho a la sanidad pública y no tenían que pagar los medicamentos si eran pensionistas; porque tenían un empleo y habían comprado un piso de noventa metros cuadrados y porque pensaban que su hija iba a estudiar en la Universidad con una beca. Pero poco dura la alegría en la casa del pobre… Los que mueven los hilos del poder decidieron que tener un trabajo es un privilegio para así despojar a los trabajadores de su conciencia de clase; decidieron que las personas mayores deben ser conscientes de lo que cuestan al Estado y, por lo tanto, no deberían quejarse si se congelan sus pensiones, si se les escatiman horas con cargo a la Ley de Dependencia o tienen que contribuir a mantener el Servicio Público de Salud pagando parte de los medicamentos; decidieron que ya está bien de estudiantes universitarios y que estudie quien pueda pagar; decidieron recortar los salarios, invertir menos en gasto público, eliminar protección a las personas sin empleo…

Y con todo esto, han reactivado el virus de la pobreza, una enfermedad que puede convertirse en una plaga. Sabemos que hay niños que sólo pueden comer si van al colegio, a quienes sus padres no pueden comprar un medicamento que ya no cubre la sanidad pública; sabemos que hay personas que se enfrentan al frío o el calor sin encender el brasero o el ventilador porque no pueden pagar el recibo de la luz; sabemos que hay familias enteras que dependen de la pensión del abuelo y que por mucho que la estiren, no pueden cubrir las necesidades básicas. No debería extrañarnos que aparecieran enfermedades que ya creíamos totalmente controladas si falla la prevención y la atención adecuada pero hay, además, otras respuestas del organismo como la ansiedad, la depresión o el estrés que están relacionadas con la tensión, la angustia y la incertidumbre en la que viven millones de personas.

La salud es un estado de bienestar físico, mental y social y la pobreza es lo contrario. Por eso es una enfermedad y provoca dolor y muerte. Es la enfermedad de los pobres y hay que erradicarla combatiendo el virus que la provoca. Maldita sea la pobreza y malditos sus causantes.

ANA MORENO SORIANO