De Lampedusa a Melilla

En el mes pasado, una barcaza con casi cuatrocientos inmigrantes naufragaba frente a la isla italiana de Lampedusa; muchos, la gran mayoría, encontraron la muerte cuando creían que estaban llegando a un nuevo continente y dejaron en el mar, sepultados, sus sueños de encontrar en Europa una oportunidad para vivir. Esas personas muertas –en Lampedusa, en el Estrecho…- son noticia de unos días y el eco de la tragedia se acalla con nuevos asuntos, con nuevos escándalos, con nuevos rumores: apenas son un número, unas iniciales, un grito de angustia y de impotencia, la constatación de que los derechos humanos son papel mojado para los pobres… Pero el Gobierno de España, superándose a sí mismo en la falta de sensibilidad demostrada tantas veces, ha desviado la atención de Lampedusa a la ciudad de Melilla, al anunciar la colocación de concertinas en la valla que separa la ciudad española de Marruecos, para impedir la entrada de inmigrantes que, en este caso, no arriesgan su vida en el mar, sino en un salto que también puede ser mortal.

Tendríamos que preguntarnos –pero para qué, si lo sabemos- cómo es la desesperación de una persona que huye de su país consciente de que es posible que no consiga nunca llegar a su destino y aún así lo arriesga todo; cómo es el hambre, la pobreza, la amenaza que se cierne sobre millones de personas en los conflictos armados, para que lo arriesguen todo: sus pocas pertenencias, su familia, sus afectos… Tendríamos que saber que el África subsahariana, empobrecida hasta el exterminio, está habitada por seres humanos que tienen el mismo derecho que los habitantes del continente europeo a tratar de vivir con dignidad. Sin embargo, para los gobiernos de la civilizada Europa, la inmigración es un grave problema sociopolítico y la forma de abordarlo es fortalecer la protección de las fronteras y, por la misma razón, el Partido Popular Europeo pide reforzar, con más medios y capacidad operativa, la Agencia de control de Fronteras Exteriores de la Unión Europea. Temen, efectivamente, que se les llene de pobres el recibidor, como en la canción de Joan Manuel Serrat, y que éstos empiecen a pedir cuentas del expolio que han sufrido durante siglos; para evitarlo, están las leyes, pero también las barreras físicas, los muros que pretenden que sean inexpugnables al incorporarle todo tipo de avances tecnológicos, pero que no consiguen el efecto disuasorio que pretenden porque no hay nada más temerario que la desesperación y la miseria. Por eso, es lamentable la decisión del Gobierno español de volver a colocar la concertina en la valla de Melilla porque ese entramado de alambres con cuchillas no va a impedir que muchas personas sigan tratando de llegar a Europa por ese camino; simplemente, quienes lo intenten llegarán más destrozados, más heridos por los cortes y esa medida, aparte de constituir una vulneración de los derechos de los inmigrantes por parte de España, según ha denunciado Izquierda Unida ante la Comisión Europea, añade un plus de dolor a quienes se arriesguen a saltar a pesar de todo.

El problema no es la inmigración sino la pobreza. Es sencillamente vergonzoso que se gasten millones de euros en hacer de Europa una fortaleza en lugar de destinarlos a proyectos de cooperación con los países empobrecidos, para que sus habitantes puedan vivir y trabajar en paz y con dignidad en su tierra, con su familia, y no se sientan forzados a emigrar a países que defienden en teoría los Derechos Humanos, pero en la práctica les niegan el pan y la sal y los reciben, como en el caso de Melilla, con vallas armadas de cuchillas. Decía María Teresa León que se respira mal cuando se tiene el aire para uno solo… ella lo tuvo claro y  respiró profundamente, abriendo las puertas a la libertad y compartiendo el aire con su gente, con su pueblo, con su clase… ¿Cómo será, en cambio, el aire que respire Europa si cada vez se encierra más en sí misma?

ANA MORENO SORIANO