Cuidado, que no es amor

Cuando volvía a casa su hija, le rozaba la cara con los labios –hola, mamá- y corría a su cuarto, no sin antes coger el teléfono que descansaba en un rincón del salón. “¿Pero a quién llamas, si acabas de llegar…?” -protestaba la madre- y la chica, una adolescente de mirada tierna, respondía entre bromas “Son mis cosas, mamá” y le contaba a su madre detalles sobre la clase de inglés o los planes con sus amigos para el próximo sábado. Eran una madre y una hija en una familia como muchas, que hablan de sus cosas, que tienen montones de anécdotas que contar y proyectos de futuro pendientes… padres comprensivos y cercanos, hijos educados en el cariño y en los valores de una convivencia justa, con libertad para abordar cualquier tema y confianza para resolver cualquier conflicto… A veces, cuando saltaba a los medios de comunicación el asesinato de una mujer, todos expresaban su espanto y su dolor por el terror al que están sometidas todas las víctimas de violencia de género y hablaban de la discriminación de las mujeres, del reparto de papeles que imponía el patriarcado, de la necesidad de luchar por la igualdad y conseguir una sociedad en la que todos los seres humanos fueran libres e iguales… Y el padre, al que su madre no dejaba ni poner la mesa pero que había comprendido que bañar a su bebé no era ninguna carga; y la madre, que había crecido con las consignas feministas –clandestinas- de la abuela, antes de que existiera la igualdad de sexos por ley, pensaban que estaban educando a sus hijos en la igualdad y que tanto el chico como la chica estaban preparados para combatir cualquier señal indicativa de violencia de género.

No contaron –porque era lo más normal del mundo, a ellos también les había pasado- con que los adolescentes se enamoran. En realidad, con lo que no contaron era con la forma que adoptaba el amor en algunos adolescentes, como la protagonista de una exitosa película que se había enamorado locamente de un vampiro… aunque esas cosas, claro está, sólo ocurren en las películas. Por eso, la madre puso la antena cuando oyó a su hija comentar con una amiga que su novio le había pedido la contraseña de su correo electrónico para saber con quién se comunicaba. Sabía que a su hija le gustaba un chico, un compañero de clase del que le había hablado en algunas ocasiones y a quien conocían de vista, pero cuando la madre abordó, con toda la cautela que pudo pero con una perplejidad manifiesta, el asunto del correo electrónico, la hija se cerró en banda y respondió a la madre con la misma frase conocida “Son mis cosas, mamá”, sólo que ahora no tenía el tono de broma de otras veces. La madre no sabía que las cosas a las que aludía la hija eran la obligación de llamar a su novio ¡con quince años! desde el teléfono fijo para demostrar que estaba en casa cuando él se lo indicara; preguntarle por la ropa que debía ponerse cuando salían juntos; dejar de lado a sus amigas para estar con él; mostrarle las llamadas y los mensajes del teléfono móvil y, por supuesto, darle la clave para acceder a su cuenta de correo electrónico. La madre no sabía, pero fue atando cabos para descubrir, horrorizada, que su hija se dejaba humillar, saquear y vapulear emocionalmente por el chico del que decía estar enamorada.  La chica, solidaria y sensible ante el asesinato de una mujer, no entendía que el control de su novio sobre ella era otra forma de violencia de género: era una adolescente atrapada en una relación de dominio que creía estar enamorada y que el amor es celoso y voluble y puede ser gritón y malencarado y maleducado y violento…

Como ella, muchas chicas han sufrido y sufren maltrato físico y sicológico a manos de sus parejas: según datos del Consejo General del Poder Judicial, sólo en el primer semestre de este año, han sido enjuiciados ochenta y cinco jóvenes, entre ellos nueve adolescentes de dieciséis años. Por esa violencia de género –control, dominio, celos- que, para muchas jóvenes, es invisible hasta que entienden que eso no puede ser amor. Entonces, muchas escapan pero otras, al menos tres de ellas en el dos mil trece, se encuentran con la muerte cuando aún no han cumplido veinte años. 

 

ANA MORENO SORIANO