Palestina en el corazón

Hace unos años, un amigo me envió un power point titulado “El enemigo palestino”. Empezaba diciendo que si un niño, al salir de la escuela, recibe un disparo en la cabeza, es un niño palestino… Un niño, armado con una piedra, enarbolando la bandera de su país y mostrando una foto de Yasser Arafat  frente a los tanques del ejército israelí, es un terrorista y por eso, muchos niños no regresan a casa, quedan abatidos en la calle, saltan destrozados por los aires, mueren cada día por ser palestinos, por vivir en Gaza… El correo se refería a la operación “Lluvia de verano”, en el año dos mil seis que, sólo en diecisiete días, mató a ciento dos personas, treinta y cinco menores de quince años, aunque la lista de víctimas mortales fue mucho mayor, cuatrocientas cinco. Ésa fue la primera de las varias operaciones que el Gobierno de Israel ha puesto en marcha desde que abandonara posiciones en la franja de Gaza: después vendría “Plomo fundido”, en el año dos mil ocho, que se llevó por delante la vida de mil trescientas ochenta y siete personas; “Pilar defensivo”, en dos mil doce, que mató a otras ciento setenta y cinco y ahora, desde la madrugada del ocho de julio, la operación “Margen protector” , en la que ya han muerto doscientos treinta palestinos y han resultado heridos mil seiscientos noventa.

Como ya sabemos, Israel ha presentado su ataque como respuesta al asesinato de tres estudiantes, colonos judíos, que fueron secuestrados el día trece del mes pasado y cuyos cuerpos sin vida fueron encontrados el treinta de junio. No importa que ningún grupo de la resistencia armada palestina haya reivindicado estas muertes, ni que no se haya podido demostrar que eran los autores, para que el Gobierno de Israel les culpe y pueda iniciar una nueva ofensiva en su espiral de violencia contra este pueblo árabe, que constituye un auténtico genocidio. ¿Qué quiere el Gobierno de Israel, con la benevolencia y la complicidad de la Comunidad Internacional? ¿Que el pueblo palestino renuncie a su identidad, a su territorio, a la tierra de sus antepasados, a su cultura, a su lengua, a sus costumbres…? Palestina vive bajo ocupación desde hace más de sesenta y cinco años; alrededor de seis millones de personas sobreviven como refugiados, sin poder volver a su tierra, pero sigue cultivando sus señas de identidad, manteniendo sus objetivos estratégicos, aunque pague con sangre su resistencia ante un vecino tan poderoso, que incumple de forma sistemática y continuada el Derecho Internacional, las resoluciones de la ONU y la Convención de Ginebra. 

El pasado martes en Jaén, como en muchas ciudades a lo largo y ancho de nuestro país, se volvieron a ver banderas y pañuelos palestinos y a oír gritos de solidaridad con este pueblo  heroico cuyos niños se enfrentan a los tanques, armados con una honda y una piedra y saben que les va la vida en ello… Han hecho de la resistencia su vida y luchan como respiran, con la esperanza de que el dolor por sus muertos y el expolio sufrido tengan un final. Pero necesitan de la solidaridad internacional, de acciones contundentes de los gobiernos democráticos de todo el mundo que no pueden mirar para otro lado y considerar una guerra lo que es una auténtica masacre con un objetivo evidente: acabar con el gobierno palestino de Unidad Nacional. Hay que tomar medidas y una de ellas es cancelar  todo tipo de acuerdos con el régimen israelí, mientras éste no respete los derechos humanos del pueblo palestino y ponga fin a la ocupación de su territorio. Otra, seguir presionando en todas las Instituciones para que se respete la legalidad internacional. Y otra, seguir  compartiendo su dolor y seguir exigiendo una paz justa. El pueblo palestino seguirá luchando por conseguirla porque su lucha contra la opresión israelí, contra la falta de libertad y contra la miseria a la que ha sido condenado, es una lucha por la dignidad. Así lo expresa la poeta palestina Fadwa Tuqan, una de las voces más conocidas de la literatura árabe: sabe que ésa es la condición para que llegue el mañana, ascendiendo desde el fondo de la ruina, con albricias en el rostro y una estrella brillando en la amplia frente.

ANA MORENO SORIANO