El cinco por ciento de pobres

Veía hace poco en televisión la campaña publicitaria de un coche que, añadiendo el sufijo inglés “ing” a un número cardinal, trataba de dejar al público “pensando en cinking”, es decir, asociando el número cinco con todos los servicios y facilidades que ofrecía la marca comercial en la adquisición de un vehículo. Diré, entre paréntesis, que la imagen era un señor que, por quedarse cinking, confundía el pan con el teléfono móvil y, más entre paréntesis, que algunos anuncios publicitarios presentan a unos hombres bastante tontos, lo que bien puede ser una venganza por haber mostrado durante años a las mujeres buscando y comparando qué detergente lava más blanco y más limpio…

El número cinco tiene, como todos, un significado y una simbología que podemos encontrar en Pitágoras, en las religiones judía, cristiana e islámica, en la cultura maya, en artes esotéricas como el tarot, en el pentagrama musical y en la nota sol y en los décimos de lotería, pero está claro que no es el primero ni el último de los números, porque ni es el uno ni cumple las expectativas del diez; está ahí, en los números intermedios, tan lejos del primero como del último. Quizás por eso, sea un buen número para una campaña publicitaria que considera que lo que ofrece ya es bastante aunque, obviamente, no es todo.

De todas formas, yo no hubiera prestado más atención a este anuncio que a otros si no me hubiera sentido golpeada por el informe de Cáritas que dice que la pobreza real en España afecta a cerca del cinco por ciento de la población total. Lo decía Cayo Lara en su última visita a Jaén el pasado diecisiete de octubre y ha aparecido en distintos medios de comunicación y en muchos comentarios en las redes sociales. Si utilizamos el número cinco para calcular aspectos positivos, consideramos importante que haya despegado del uno y tenga la esperanza de llegar al diez; pero si, por el contrario, medimos aspectos negativos, el cinco es más que suficiente para encender todas las alarmas, sobre todo, si tenemos en cuenta que el porcentaje de exclusión social es del veinticinco por ciento. Ese cinco por ciento de pobres son los excluidos más excluidos, los que habitan infraviviendas, los que carecen de los bienes básicos, los que no están bien alimentados o pasan hambre, los que no tienen nada, ni siquiera alguna prestación, alguna ayuda, alguna formación, algún trabajo, porque la pobreza extrema se ha duplicado en España en los últimos seis años, desde un millón y medio de seres humanos hasta casi tres millones.

Pero son pobres también muchas de las personas que tienen un empleo; la pobreza laboral en España afecta a más del doce por ciento, unos datos que sitúan a nuestro país en el tercer lugar de Europa, sólo superado por Rumania y Grecia, es decir, que los salarios de miseria y los contratos a tiempo parcial sirven para bajar las estadísticas del paro, pero no retiran a los trabajadores de la dependencia de los Servicios Sociales o de las ONGS, ya que su trabajo no les permite cubrir las necesidades básicas. Mujeres sin empleo, jóvenes en paro que han terminado brillantemente sus estudios o que los han abandonado por falta de recursos, trabajadores que no ganan para vivir y todas esas personas que acuden diariamente a los comedores sociales o malviven en la calle, suman y siguen para aumentar el porcentaje de quienes viven por debajo del umbral de la pobreza; afecta a la población infantil que está sufriendo de forma dramática la crisis del sistema capitalista y hace que la gente viva descreída, indignada o resignada ante una realidad dual de líneas divergentes, pues mientras los ricos son cada vez más ricos, los pobres son cada vez más pobres. Recordé la campaña publicitaria y pensé que la cifra demoledora de un cinco por ciento de pobres en España no es para dejarnos en trance, como el señor del anuncio –con perdón-, sino para espabilar, movernos y organizarnos… Otra forma, sin duda, de hacer cinking: ver y sentir cómo vive y cómo no debe vivir ese cinco por ciento y actuar en consecuencia.

 ANA MORENO SORIANO